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«Solo pido tiempo»

  • Gisel·la Esteso Núñez. València
  • 6 dic 2018
  • 2 Min. de lectura

Recuerdo que de pequeño, en época navideña, no nos podíamos reunir toda la familia. Era difícil porque mi padre y mi madre tenían ocho hermanos cada uno y además vivían en distintas provincias de España. Entonces se celebraba la Navidad con la familia directa. Nosotros éramos ya cuatro hermanos.


Todavía visualizo cuando esperábamos ansiosos el momento en el que nos repartían los aguinaldos. En realidad, no era mucho dinero, pero nos embargaba la emoción de tener unas monedas ya que durante el año no teníamos paga como ahora suelen tener los adolescentes. Otro de los alicientes era saltarse la dieta. Creo que lo único que no ha cambiado en estas fechas es la comida. Siempre se intentaba comprar lo mejor, el menú incluía mariscos y todo tipo de carnes.


Pero, lo que más ilusión me hacía de niño era hacer la lista para los reyes magos con mis hermanos. La carta era obligatoria. Me viene a la memoria que siempre quise un tren. Pedía el tren porque sabía que el Scalextric era imposible -solo lo tenían las familias más adineradas-. Me costó unos años conseguirlo. De hecho, me regalaron el tren cuando ya no me apetecía jugar con él. También pedíamos el Cinexin -un pequeño proyector de películas animadas- que no nos lo regalaron a ninguno. Pero, un vecino tuvo suerte y estrenó su nuevo proyector en el patio de luces. Y yo asomado a una ventana podía ver las películas desde mi casa.


Me viene a la memoria que en esa época -en los años 60- no existían los catálogos de juguetes. Entonces, en ocasiones dibujábamos o explicábamos los regalos que queríamos en la lista de los Reyes. Actualmente, todo es más sencillo. Un niño puede perfectamente hacerle una foto con el móvil a lo que quiera. Lo triste es que ahora la Navidad es sinónimo de consumo. De hecho, al importar costumbres inglesas, la Navidad comienza un mes antes en el Black Friday. Por cierto, en nuestra época Papá Noel no existía. Eso de regalar el 25 de diciembre es otra costumbre foránea.


Es cierto que hemos pasado de los libros, los puzzles -los juguetes analógicos- a los objetos virtuales y eso ha provocado un cambio en el comportamiento de las personas. Antes el juego no se concebía si no era compartido con alguien. Sin embargo, ahora los niños están enfrascados en sus consolas o teléfonos.


Echo en falta las largas conversaciones de las comidas navideñas en las que nos reuníamos toda la familia. Los móviles han conseguido acercarnos pero también alejarnos físicamente de las personas. Hay que recuperar el contacto, las emociones, la familia: ese es el espíritu de la Navidad. No obstante, vivimos en una sociedad de consumo y está claro que no podemos bajarnos del autobús. Pero, hay que poner freno al desenfreno materialista tanto en estas fechas señaladas como en cualquier otro momento del año.


A mí, me gusta la Navidad porque vienen amigos de visita que viven en otras ciudades o países, veo más a mis hermanos, puedo hacer más cosas con mi familia y porque dispongo de más horas… Aunque si tuviera que pedir una cosa este año a los Reyes sería tiempo. Tiempo para mí y para los míos. Tiempo.


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