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“Rooms by the Sea”, Edward Hopper, 1951.

  • Gisel·la Esteso Núñez
  • 14 nov 2016
  • 7 Min. de lectura



NIVEL CONTEXTUAL


“El propósito y la finalidad de toda actividad literaria consiste en reproducir el mundo que me rodea como si fuera el reflejo de mi mundo interior. Todo está revestido, relacionado, moldeado y construido de una forma personal y original”. Goethe, citado por E. Hopper en una entrevista.


Edward Hopper nació en 1882 en Nyack, un pequeño pueblo del estado de Nueva York. Su familia, muy puritana, pertenecía a la típica clase media americana. Estudió en la Escuela de Arte de Nueva York y recibió clases de Robert Henri, una de las principales figuras del realismo americano, representante de la "Escuela Ashcan". La Escuela Ashcan fue uno de los espíritus progresistas de la expresión artística de inicios del siglo XX. Sus miembros estaban aburridos de las tradiciones del idealismo americano, y se inspiraron en la realidad contemporánea de la vida urbana americana, contradiciendo la estética conservadora del impresionismo y el academicismo americano. Con la ayuda de sus padres pasó algún tiempo en París (1906-07, 1909, y en 1910), visitando además otras ciudades europeas como Londres, Amsterdam, Haarlem, Berlín y Bruselas. Pero las vanguardias europeas no impresionaron a Edward Hopper, fue "La ronda de noche" de Rembrandt la obra que más lo cautivó durante su estancia europea. En contraposición con las vanguardias y artistas como Picasso, Hopper busca retratar con exactitud y fidelidad la sociedad que le tocó vivir: la Norteamérica de principios del siglo XX, con sus fábricas, gasolineras y hoteles. Antes de su reconocimiento como artista trabajó como ilustrador comercial. Hasta que en 1924 consiguió vender una exposición individual completa. Y en 1930 aumentó considerablemente su fama pero no fue hasta su muerte, en 1967, cuando la crítica lo reconoció como uno de los grandes maestros del arte del siglo XX .


Hopper a través de sus pinturas denuncia la deshumanización que padece la sociedad americana contemporánea como resultado del crecimiento de las grandes ciudades. La incomunicación, la falta de calor humano y la artificialidad compondrán el tema principal de su obra. Pero la labor de Hopper no es meramente documental.


La obra de Hopper se caracteriza porque todas sus figuras humanas tienen unos ojos inexpresivos que miran hacia el infinito y que evitan entrar en contacto con los de otra persona. La iluminación es esencial en su pintura. Es una luz blanca que atenaza las personas y el espacio.


Aunque Hopper utiliza el realismo prescinde de manera minimalista de los elementos característicos de la vida coloquial. La primera impresión que transmite su pintura es la de estar vacía y de ser fría. Una cama y una ventana son suficientes para componer una escena. En muchos cuadros los edificios toman todo el protagonismo de la obra y adquiriendo una personalidad propia.


Hopper también ha sido calificado como un pintor cinematográfico que ha dejado una importante huella en cineastas de la talla de Alfred Hitchcock, John Huston, Terrence Malick, Wim Wenders, David Lynch, Todd Haynes, Sam Mendes o la española Isabel Coixet.


En su madurez artística, Edward Hopper pasó la mayor parte de sus veranos en Cape Cod, Massachusetts. Allí, él diseñó y construyó un estudio aislado y soleado en Truro, sobre un acantilado con vistas al océano. La vista de “Habitaciones junto al mar” se debía de asemejar a lo que Hopper habría visto al salir por la puerta trasera de su estudio.


  • “Rooms by the Sea” (Habitaciones junto al mar), Edward Hopper

  • Fecha de producción: 1951.

  • Lugar de producción y publicación: Nueva York.

  • Lugar donde se encuentra el original de la imagen: New Haven (Connecticut), Yale University.

  • Pintura: Art Gallery, legado Stephen Carlton Clark, B.A 1903 (Galería de arte)

  • Medidas del cuadro original: 73,7 x 101,6 cm. Óleo


NIVEL MORFOLÓGICO


“He intentado pintar la luz del sol blanca, en vez de amarilla. Muchos pintores tiene la costumbre de pintar la luz amarilla, pero esta luz no es amarilla, solo es así al amanecer y al atardecer, el resto del día se trata de una luz blanca.” Edward Hopper

El cuadro muestra parcialmente dos habitaciones. La primera habitación está vacía pero intuimos la brisa que viene de un mar calmado y un cielo azules, abiertos. En primer plano, ocupando casi la totalidad del cuadro hay una pared gris perla y una moqueta de tonos dorados.

Con líneas verticales se delimitan grandes planos de color unitario, cortados por la fuerte diagonal que viene desde el exterior. Está iluminada por una luz que produce un fuerte contraste de luces y sombras y que Hopper acentúa para dotar de un mayor dramatismo a la escena. La luz se convierte en protagonista como en la mayoría de los cuadros de Hopper. En este caso la acción transcurre en un día con sol cuyos rayos se proyectan contra la pared creando un efecto geométrico aumentado por las formas rectangulares del mar y la segunda habitación. Una luz despojada de humanidad y afilada como un cuchillo que se clava en la pared de la vida y que expresa la incomunicación y el aislamiento del hombre del siglo XX. Pero, también es un cuchillo que te libera del sufrimiento al final de la vida.

Hopper a partir de la realidad llega a la abstracción a través de la luz, el color y la forma. La luz es volumen y forma esenciales para contar la historia del cuadro. Y, con una luz deslumbrante Hopper detiene el tiempo y genera un deseo irrefrenable de conocer qué secretos se guardan bajo llave. La manera de cómo penetra la luz en la habitación casi roza el surrealismo al igual que la proximidad del mar a la habitación.

La pared del primer término y la cómoda de detrás reducen el espacio, y dirige nuestra mirada hacia la segunda habitación enmarcada en una estrecha franja en el lado izquierdo. Está amueblada con tres elementos cortados: una cómoda que dificulta el paso, un cuadro indefinible y un sofá de color rojo que puede simbolizar el amor. Una alfombra verde la cubre y nos recuerda la vida y la naturaleza.

El drama psicológico de los cuadros de Hopper necesita de colores primarios que sean violentos como la vida misma.

El cuadro es una ventana abierta que nos convierte en voyeurs de lo que sucede dentro y proyecta una visión abstracta de la vida.



NIVEL COMPOSITIVO

¿No cesará este rayo que me habita el corazón de exasperadas fieras y de fraguas coléricas y herreras donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita de cultivar sus duras cabelleras como espadas y rígidas hogueras hacia mi corazón que muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota: de mí mismo tomó su procedencia y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota y sobre mí dirige la insistencia de sus lluviosos rayos destructores.

El rayo que no cesa, Miguel Hernández


Hopper logra que nuestra mirada se desvíe de forma inmediata desde el mar hacia la segunda habitación que sirve de punto de fuga de la composición y nos intenta revelar su vida interior. En el final de la vida solo queda el recuerdo de los objetos cotidianos, no queda nadie que pueda recordarle.

La luz de los rayos del sol dramatiza toda la composición y capta eficazmente la enorme fuerza del mar y la armonía momentánea del hombre con él. El mar no simboliza la muerte traumática del hombre sino la liberación del hombre en su sufrimiento terrenal.

Como ya hemos dicho el sol y el mar, aunque simbolicen el final de la vida del pintor, se muestran acogedores y liberadores. No obstante, la tragedia de la vida se expresa de manera placentera.

Hopper lo logra utilizando una composición clásica, muy utilizada a lo largo de la historia de la pintura: el locus amoenus, el lugar ideal. A la derecha, en el espacio cerrado, encontramos el descanso de un sofá rojo sobre una alfombra verde que simula el prado y a la izquierda, en el espacio abierto, se escucha rumor del agua del mar. Una composición perfectamente equilibrada.


NIVEL ENUNCIATIVO

“Supongo que en mis cuadros me represento a mí mismo, pero como dijo Renoir: “Lo más importante de un cuadro no se puede definir, no se puede explicar”. Quizá es mejor así.” Edward Hopper

Los márgenes del cuadro están cortados como si se tratara de un fotograma, un fotograma sacado de una historia con presentación, nudo y desenlace. Y que hace que nos preguntemos qué ha sucedido antes y qué sucederá después.

Hopper nos muestra un fragmento de esa historia con un final abierto que empuja al espectador a terminarlo. Y es que como dijo el pintor “si se pudiera decir con palabras no habría ninguna razón para pintarlo”. Diríamos que Hopper busca más sugerir que mostrar, elimina lo explícito para que la imaginación del público averigüe lo implícito.

Por tanto, no puede haber una sola interpretación. La grandeza de una obra se basa en su capacidad de tener numerosas lecturas. Veamos algunas de ellas.


Primera lectura

Hopper pintó esta obra de arte cuatro años antes de su muerte. El carácter evocador de la sala vacía y penetrada por la luz del sol que viene de la ventana abierta nos conduce a una interpretación metafísica. La luz del sol simboliza la liberación espiritual de la conciencia que viene con el momento de la muerte.


Segunda lectura

La ausencia de figuras humanas nos transmite una sensación de soledad, una metáfora del silencio y de la soledad existencial. Lo consigue con una fuerte iluminación y con cortantes encuadres agresivos.


Tercera lectura

El mundo real representado por la habitación del fondo es un espacio cerrado que oprime al pintor y la habitación que se abre al mar es su camino de salvación. Dos mundos opuestos. La vida cotidiana es un infierno claustrofóbico y el exterior es el cielo que puede sanar sus heridas.


Cuarta lectura

En sus cuadernos Hopper describió este cuadro como “El salto del lugar”, esto puede mostrar una conducta un tanto paranoica y sugerir pensamientos suicidas inducidos por la soledad y la angustia existencial.


A modo de conclusión


Hopper pinta los misterios de la vida, de la luz y el silencio. Crea narraciones con sus cuadros deteniendo el tiempo con una luz deslumbrante. Nos busca y se busca a sí mismo mostrando la soledad y la automatización en la que nos ha convertido el mundo moderno.


A Hopper se le preguntó si su pintura era deprimente o estimulante, su respuesta puede aclarar la cuestión: “Creo que es lo mismo que obtenemos de la vida”.


La pintura de Hopper es el placer de mirar sin ser vistos: voyerismo en estado puro.




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