La vida se filtra por todas partes
- Gisel.la Esteso Núñez
- 16 jun 2017
- 3 Min. de lectura

Película Persona, Igmar Bergman (1966)
¿Quiénes somos? ¿Lo que vemos en el espejo? ¿Lo que los otros ven? ¿O todos representamos un papel que se nos ha sido asignado? Tal vez, no haya una única respuesta e Ingmar Bergman nos lo muestre mediante el silencio en Persona: los límites de mi lenguaje son los límites de mi pensamiento. Y, si no hay palabras lo mejor es permanecer en silencio.

Desde la antigüedad se ha intentado dar respuesta a esta eterna pregunta y muchos han llegado a la conclusión de que los seres humanos vivimos en un gran teatro. Un Theatrum mundi en el que se identifica el mundo como una representación y, por tanto, como una gran mentira. Todos seguimos un guión que ya ha sido escrito. Calderón de la Barca nos lo hizo ver en El gran teatro del mundo y La vida es sueño. Aceptamos el contrato porque es un refugio en esta vida pensar que no somos dueños de nuestras vidas. De otra manera, comprobaríamos que en el sueño en el que vivimos solo hay humo.
Persona, cuyo significado etimológico es máscara, es una película experimental y hermética. En ella Bergman habla de muchas cosas a la vez. De cómo hacer un cine nuevo, de sí mismo, de sus obsesiones, de la pérdida de identidad y paradójicamente del silencio como arma para despreciar el mundo.
El inicio de la película es enigmático: un proyector (el cine), un pene (el sexo), un cordero degollado (la religión), un niño (la infancia), una cara borrosa (los sueños), una persona que se quema a lo bonzo (la violencia)… Bergman rompe la realidad yuxtaponi
endo imágenes que inicialmente parecen inconexas al más puro estilo surrealista. Nos está preparando, nos está sugestionando para no que no hagamos una lectura superficial de la película.

La película narra la confrontación entre dos mujeres, Elisabeth, una actriz que ha dejado de hablar durante los ensayos de la tragedia Electra y Alma, la enfermera que la cuidará en una casa en una isla apartada del mundanal ruido de la ciudad. La relación terminará en un complejo conflicto de identidades que metafóricamente muestra el dilema entre el ser o el alma y el representar, es decir la máscara de la persona.
Busco Electra en un libro de la literatura universal pero no encuentro una relación directa con el enmudecimiento de Elisabeth. Sin embargo, Eurípides se parece bastante a nuestro director. Eurípides supuso una gran revolución, ya que sus personajes pierden la grandeza épica de los trágicos anteriores y ganan en humanidad: son más reales y cercanos, más dubitativos y ambivalentes, psíquicamente más complejos. Su teatro tiene un afán de modernización y da un papel destacado a las mujeres. Y, esto parece encajar en los planteamientos fílmicos de Bergman.
Conforme avanza la película vemos que Elisabeth y Alma son las dos caras de la misma persona, hasta que ambas mujeres se convierten en una misma persona, la crítica habla de vampirización: la actriz le “chupará la sangre” a su enfermera, algunos planos parecen simularlo. También el monólogo que se repite desde las dos miradas de las protagonistas. En la misma línea están los claroscuros. Esas caras que aparecen mitad en sombra, mitad iluminadas que terminarán fundiéndose en una única persona.
Pero, tal vez, la clave interpretativa de Persona aparece al inicio de la película cuando la doctora tras descartar una causa fisiológica o neurológica del mutismo de la actriz le dice: “¿Crees que no lo entiendo? El desesperado sueño de la realidad, no de lo aparente sino de lo real. Consciente en todo momento, vigilante ante el abismo que hay ante lo que eres para los demás y lo que eres para ti misma. La sensación de vértigo y el deseo constante de ser descubierta por fin, de quedar expuesta en evidencia, quizá incluso aniquilada. Cada tono de voz oculta una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca (…) puedes quedarte inmóvil, en silencio, así al menos no mientes y puedes aislarte en ti misma, sin interpretar ningún papel, sin tener que exteriorizar gestos falsos. Eso crees, pero la realidad es retorcida. Tu escondite no es en absoluto hermético, la vida se filtra por todas partes. Te ves obligada a reaccionar. Nadie te pregunta si lo tuyo es real o irreal, si eres auténtica o eres falsa. Ese extremo sólo tiene importancia en el teatro y, a veces, ni tan siquiera allí. Yo te entiendo Elizabeth, entiendo tu silencio, tu inmovilidad, que refuerces tu voluntad con ese fantástico sistema.
Posiblemente, Bergman nos está diciendo que renunciar al papel que se escribió para nosotros también estaba escrito. Calderón tenía razón, la vida es una ilusión: “una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

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