Muy vivos para estar al borde de la cuerda floja
- Gisel·la Esteso. València
- 6 nov 2017
- 4 Min. de lectura
La comedia Héroes conquista a un público de mediana edad que tiene ganas de reírse a carcajada limpia
Gisel·la Esteso. València

Faltaban todavía dos horas para que comenzara el espectáculo, a penas quedaban entradas en taquilla. Aunque algunos tuvieron suerte comprándolas a última hora. Félix Esteso, un valenciano de unos 53 años, que es adicto al teatro, acababa de comprar sus pases para la función. Casualmente se encontró con los actores de la función que deambulaban cerca del Auditorio de Torrente en busca de una cafetería. Este les sugirió que fueran a la cafetería Gaudí, y allí se dirigieron los protagonistas de la obra: Juan Gea, Luis Varela e Iñaki Miramón. Allí departieron con el aficionado y Juan Gea aseguró: “Ya verás, con Héroes os vais a reír mucho”.
Héroes es una comedia de éxito escrita por Gérald Sibleyras que está ambientada en el año 1959 en Francia. Esta obra, dirigida por Tamzin Townsend, tiene lugar en una terraza de un hospital militar donde tres excombatientes pasan el resto de sus días enzarzados en batallas verbales, discutiendo de cuestiones cotidianas y reflexionando sobre el paso del tiempo. Esta función, tiene un recorrido conocido, pues la obra ha sido galardonada con los premios Laurence Olivier a la Mejor Comedia Nueva y Molière Awards for Best Adaptation of a Foreing Play. Además, se ha representado en varios teatros de renombre a nivel nacional consiguiendo que la gira se prolongue durante más de un año. Asimismo, esta comedia agridulce ha conseguido que por primera vez coincidan en escena Varela, Miramón y Gea, los tres protagonistas de la obra, en el mundo de las artes escénicas.
Son las ocho menos cuarto y la gente comienza a acomodarse en las butacas para ver la representación. La platea y el anfiteatro están completos. El público que va llegando ya tiene algunas pistas de la trama por el escenario, en el que se divisa una terraza bastante particular. Pues destacan elementos como un perro de piedra, un jardín decorado con una fuente y un banco de madera que de momento está vacío.
Ya son las ocho, aún no ha comenzado la función. La gente no es muy puntual. Algunos todavía están buscando sus asientos: “Manolo déjame que me siente en la esquina que no oigo por el oído izquierdo”. También está Pilar, una señora de sesenta años con pelo canoso y gafas que está sentada en la misma fila: “Oye Paco ya tenemos suficientes problemas en la vida como para venir a una obra de teatro a sufrir, así que cambia esa cara”. A simple vista, el público que ha asistido a la función podría verse representado en la obra por su edad. Pues también son jubilados predispuestos a reírse de sus propios problemas.
Al fin se apagan las luces. Desaparecen Juan Gea, Luis Varela e Iñaki Miramón para convertirse en Gustav, Henri y Philippe tres hombres bastante particulares. Henri es un hombre que cojea de una pierna. Aunque es romántico empedernido, no se atreve a conversar con las mujeres. Por otro lado, encontramos a Gustave, este personaje padece agorafobia, ya que tiene pavor a salir de la residencia de ancianos. Tampoco le gusta relacionarse con el resto de huéspedes, pero teme ser olvidado. Por último, aparece Philippe que sufre constantes desmayos originados por un fragmento de metralla que tiene incrustado en su cerebro. Hay que recalcar su obsesión por las coincidencias de las fechas de cumpleaños además del posible movimiento de objetos inanimados. Los tres están esperando algo que nunca llega que no saben qué es. La obra hace un claro guiño a Esperando a Godot de Samuel Beckett. En ambas aparecen el aburrimiento y la falta de sentido de la vida humana, temas recurrentes del existencialismo.
Los días que pasan en el jardín son aburridos y previsibles. Aunque la obra huye de forma progresiva de esta monotonía gracias a las historias del pasado. En este sentido, los personajes discuten e intentan demostrar quién fue un verdadero “héroe” en el campo de batalla. Philippe pierde otra vez el conocimiento. Se ha vuelto a desmayar. Los espectadores, incluso Paco, el marido de Pilar, se ríen.
Conforme avanza la comedia, la hermana Madeleine, la enfermera del hospital, y el perro inanimado, se van convirtiendo en dos ejes clave en la historia. A pesar de que no tienen ningún papel en la obra consiguen hacer llorar al público. Ella es la responsable de coartar la libertad de los protagonistas, ya que la consideran su carcelero. Y el perro, la sumisión absoluta del individuo.
Es cierto que una vez avanzada la representación, la historia se transforma. Pues el hábito de salir a la terraza sin ningún objetivo que cumplir desaparece por completo cuando los personajes deciden escapar de la residencia. Pero, la cobardía, el miedo o la vejez consiguen que su objetivo se quede en tan solo un intento. Pues la huida que anhelaban les hubiera convertido en héroes.
Se apagan las luces. El público se levanta para aplaudir con más fuerza a los actores. El teatro comienza a quedarse vacío aunque algunos están comentando la obra en el exterior del auditorio. Uno de los asistentes sentencia: “Yo me voy ya a casa. Allí me espera mi hermana “Madeleine”.















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